A Lisboa le llaman la ciudad blanca en recuerdo
de una ciudad que ya no existe, una ciudad
mora que se extendía sobre siete colinas vigiladas
por un castillo que ya ha muerto… Y sin embargo
todo permanece. Porque cuando uno llega a esta metrópoli
y lee cualquier folleto turístico, ninguno de ellos
se olvida de mencionar que en 1755 un gran terremoto
destrozó la ciudad, seguido del mayor tsunami que se
recuerda en la historia de Europa, para terminar con un
incendio que tardó más de una semana en extinguirse.
Hasta aquí el recuerdo. Todo lo demás es alegre.
Porque Lisboa, la ciudad fénix, renació de sus cenizas
y es ahora uno de los destinos en los que todavía es
posible encontrar lugares secretos. Y porque la capital
portuguesa es un lugar de rincones y recovecos, tabernas
sin explorar y miradores desde los que descubrir una
nueva panorámica. Pero empecemos por el principio.
Y el principio es una duda. ¿Lisboa moderna o Lisboa
antigua? La moderna nació de la Expo del 98, y es ahora
el más importante acuario del continente, diseñado de
tal forma que el mar y las especies marinas más peligrosas
nos rodean sin el más mínimo peligro.
Si optamos por la historia, debemos elegir: ¿Lisboa árabe o cristiana? Empecemos por una, la que recorre
Saramago en su Historia del Cerco de Lisboa.
Hay un
castillo, el de San Jorge, convertido en un parque mirador
en el que todavía podemos imaginar lo difícil que
debió ser conquistarla, y lo triste que debió ser perderla. El Tajo y sus dos puentes se ven al fondo. Un barrio, el de
Alfama, esconde esos sitios de fados pensados para portugueses,
y un mercado de rastros, el de Santa Clara, que
se esconde en los muros del Monasterio de Sao Vicente
da Fora, destinado a ser palacio del Felipe II español y
transformado en sepulcro de reyes portugueses.
Jugar al golf en Lisboa, un placer más cercano