España y Europa están atravesando un periodo
de modernización de las infraestructuras.
Una de las más importantes es la
que tiene que ver con el tren de alta velocidad. Este modo de comunicación a lo largo de su desarrollo
ha demostrado que es algo más que una plataforma
de transporte. Resulta que la velocidad a la que
puede desplazarse es tan significativa que acorta
el territorio. Es decir, que el tráfico mediante tren
veloz proporciona la facultad de reducir el tiempo
de intercambio en esas relaciones.
Así un territorio que antes se encontraba a una
distancia incómoda para su práctica diaria ahora
pasa a formar parte, en cuestión temporal, de un
casco urbano, un área de negocio muy desarrollada,
o simplemente de un núcleo familiar antes demasiado
distante.

Estamos asistiendo al fenómeno por el que en algunas
ciudades con cierto nivel de desarrollo, pero
fuera del ámbito de los grandes volúmenes de negocio,
se perfilan como áreas de oportunidad para
la implantación o propagación de empresas capaces
que gestionar y mover, no sólo importantes volúmenes
de dinero, sino también polarizar grandes sectores de desarrollo, tanto en el suelo, en la edificación,
en las infraestructuras, en los volúmenes
de población, en las áreas de desarrollo industrial,
y también y como consecuencia de todo ello, en
la formación de núcleos de población adaptados a
esta forma súbita de desarrollo.

Este fenómeno no es nuevo, viene sucediendo
en Europa desde hace 20 años, pero por alguna
razón nos sigue pillando por sorpresa. De repente
encontramos urbes como Ciudad Real, Guadalajara
o Zaragoza, que se han situado mucho más cerca
de Madrid, hasta el punto de plantearse a un precio
muy asequible la posibilidad de ofertar implantaciones
más baratas que en la capital para el mismo
tipo de desarrollo.
Una investigación imprescindible