Sigüenza
Un viaje tras los pasos del Doncel
Destino del Tren Medieval de Renfe, la pequeña ciudad castellana evoca entre sus calles tiempos lejanos cargados de mitos y leyendas.
 
Texto: Aníbal Pardo
 

Acerca de estas tierras de Guadalajara escribía Cela en su Viaje a la Alcarria (1946) que “a la gente no le da la gana de ir”. De aquel viaje iniciático, cuya repercusión el propio Cela no podía imaginar, han pasado 60 años: cada fin de semana, de la primavera al otoño, por las calles y callejas de Sigüenza alborotan los grupos de turistas que, invariablemente, acaban prometiéndose un próximo retorno porque, como suele ocurrir, el tiempo se les ha escapado sin verlo todo.
La trama urbana de Sigüenza quedó definida en la Edad Media, y aunque luego se extendería hacia el llano, su núcleo se sustenta, aún hoy, en elequilibrio tácito entre dos edificios: el castillo, en lo más alto, y la catedral, en la cuesta. Abraza la ciudad el río Henares, al que debe su existencia: Sigüenza (etimológicamente: “que domina el valle”) se yergue sobre un castro que preside la corriente que comunica dos cuencas vertebrales de la península, el Tajo y el Ebro.
¿Quién no ha tenido alguna vez, dormido o despierto, la fantasía de habitar un castillo? Esta imagen onírica, idealizada por la literatura, encaja muy bien en los muros de piedra ocre del castillo de Sigüenza. Sus orígenes son complejos.

La fortaleza, construida en 1123 por el obispo Bernardo de Agen tras la toma del sitio, sucedió a una alcazaba árabe que, a su vez, había usurpado la impronta visigoda, como ésta la precedente, romana. La masa del castillo es sólida, sin ornamentos que perturben su sobriedad; los dos torreones de planta cuadrada datan del XVI. El artesonado, ricamente restaurado, aligera la severidad de los muros de sus salas y salones. Porque, durante siglos y reformas, la fortaleza fue mudando en residencia de cardenales y obispos, y a este rasgo responde su arquitectura interior. En el año 1976, fue, finalmente, acondicionado como Parador de Turismo.

También la catedral tiene la estructura propia de una fortificación medieval. Pero en su interior, la fría penumbra de la nave guarda un precioso tesoro artístico, la capilla de los Arce. Es esta última, realmente, casi una iglesia dentro de otra, con su portada plateresca y un altar churrigueresco añadido pocos siglos después. Entre los muchos sepulcros
del linaje familiar, sobresale el de Martín Vázquez de Arce, más conocido como el Doncel de Sigüenza, muerto en combate en 1486 en la vega de Granada, a los 26 años de edad.

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