Santander
Capital de la buena vida
Dice la canción que Santander es la novia del mar. Esta elegante y selecta ciudad es el entorno
perfecto para disfrutar del buen comer y la cultura con mayúsculas.
 
Texto: Montse Turiel

Bulle estos días Santander como pocos lugares en España. Con los cursos de la Universidad Menéndez Pelayo, el
Festival del Mar y una gran variedad de propuestas artísticas e intelectuales, aspira a ser capital cultural europea en 2016. Considerada una de las ciudades con mejor calidad de vida, aquí no sólo se llega buscando un sitio donde cultivar las artes y el conocimiento, sino también para disfrutar de la playa, de la naturaleza, y deleitar los sentidos paseando por unas calles que en otra época recorrieron aristócratas y reyes.
Fueron estos distinguidos visitantes los que a finales del siglo xix pusieron de moda la ciudad y sus famosos baños de ola, que disfrutaban por prescripción facultativa. Ya en 1847, los periódicos proclamaban los efectos terapéuticos de
tomar las aguas en Santander, actividad que se recupera cada año en la playa del Sardinero con un desfile de bañadores largos, casetas multicolores y vestidos de época.


Aunque el gran incendio que asoló la ciudad en 1941 destruyó la mayor parte de su casco histórico, no hay que pasar por Santander sin visitar la catedral gótica, reconstruida tal como era en origen y que se asienta sobre la cripta del Cristo, del siglo xiii. Cerca de aquí se encuentran la Biblioteca Menéndez Pelayo y el Museo Municipal de Bellas Artes. Los que no quieran apartar la vista del mar pueden dirigir sus pasos por el Paseo de Pereda, que discurre paralelo a la línea del muelle y que, con su sucesión de casas de grandes ventanales, constituye uno de los paisajes urbanos más representativos. Dejando atrás el monumento a Los Raqueros (recogemonedas), el barrio pescador de Puertochico y el Museo Marítimo de Cantabria, llegarán hasta el moderno Palacio de Congresos, sede del Festival Internacional cultural.
En Santander presumen de tener algunas de las mejores playas urbanas del país. Y razón no les falta. Se cuentan hasta nueve enclaves para disfrutar de la arena y las olas, como la playa del Sardinero y la del Camello, o calas tan recónditas como Mataleñas que, con sus 158 escalones, es una de las más inaccesibles y tranquilas. El enorme parque que rodea esta cala, junto con los jardines de Piquío y los de Pereda, conforman tres agradables espacios abiertos para disfrutar del contacto con la naturaleza, que encuentra su contrapunto en edificios como el Casino, el Hotel Real o el Banco de Santander, que hablan del pasado esplendoroso de una ciudad por cuyas venas corrió sangre real.

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