Milán
Pura elegancia
El carácter mediterráneo y la templanza centroeuropea se fusionan en una ciudad con distintivo propio.
 
Texto: Jesús Hidalgo
 

Vertebrada a partir de la piazza del Duomo, se erige en las llanuras de Lombardía la ciudad de Milán, verdadero centro económico y social de la Italia menos italianizada. El centro de Europa y el más puro carácter mediterráneo se mezclan dando como resultado una ciudad de personalidad intrincada, erigida en centro mundial del diseño y la elegancia. Pero no sólo de moda vive la capital lombarda.
A Milán le persigue una inmerecida fama de ciudad gris, apagada, más afín al frío carácter centroeuropeo que al deslumbrante bullicio y colorido del Mediterráneo. Quizá su principal problema ha sido el tener que compartir fama con unas hermanas de excepcional belleza: Roma, Florencia o Venecia, lo que hace que a veces desmerezcamos una visita a Milán en pos de alguna ciudad a priori más atractiva. Craso error. Aunque es verdad que gran parte de su arquitectura fue arrasada por los feroces bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial, otros muchos monumentos, por suerte para la historia, sobrevivieron a la voracidad de los proyectiles. Por eso, cuando se recorren sus calles no es conveniente despistarse: en cualquier rincón brotan antiguas iglesias o palacios anclados entre modernos edificios fruto de la reconstrucción posterior a la guerra.
La capital lombarda es un amasijo de elegancia y desorden a partes iguales. El milanés es capaz de salir de ver una exclusiva ópera en La Scala para después dirigirse al estadio de San Siro para ver al Milan o al Inter. Así es Milán. Lo primero que llama la atención es una marcada personalidad centroeuropea, con la vista de la ciudad impresa por esa maraña formada por los cables de las luces y de sus tranvías amarillos. Así pues, no esperen la gran fastuosidad renacentista de otras ciudades italianas. Esperen más bien, un aire alemán, algo burgués, de una ciudad que se encuentra a sí misma en esos lujosos salones privados, en conciertos, óperas, el amor por la literatura, la pintura o el teatro. Este carácter decimonónico se hace patente sobre todo durante el largo invierno lombardo, cuando Milán es una ciudad sitiada por la niebla y casi masivamente engalanada de negro Armani. Este temperamento austero de centro financiero se torna en primavera en vivaracho y bullicioso con la llegada del buen tiempo. Entonces, el lánguido
gris de los edificios, se ilumina con el característico amarillo milanés; la vida explota en los cortile (patios) de las casas de ringhiera (parecidas a las corralas de Madrid). Las desnudas aceras se transmutan en agradables terrazas, las calles rezuman la agitación provocada por la celebración de su famosa pasarela de moda, además de ferias, estrenos variados o exposiciones.

Desde luego es casi ineludible darse un paseo por la plaza del Duomo. La vista de la catedral gótica asombra por su magnitud: 157 metros de largo, coronada en su mayor altura, a 108 metros, por la Madonnina, una estatua realizada en cobre dorado. Es la segunda catedral más grande del mundo y puede albergar 40.000 personas en su interior. Una reciente restauración ha devuelto al edificio su antiguo esplendor: el camaleónico mármol de Candoglia adopta matices de suaves tonos grisáceos, rosados y amarillos, que se fusionan bajo la luz milanesa. Hay que subir a las cubiertas para no perderse una buena panorámica del centro de la ciudad y las 3.000 esculturas que coronan la iglesia.

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