Ya que estamos en invierno, empezaré con un
recuerdo, mi primer recuerdo cordobés, de un
poder hechizante y que –por personal– me
resulta más emotivo: a las cinco de la tarde, cuando
la ciudad dormía su siesta, hallábame –callado y escuchante–,
con no más de doce años, en ese período existencial
en el que aún no se tiene potestad, junto a mi tío
–rapsoda él– y en un insólito
lugar haciendo turismo, a
esas horas de esos sofocantes
agostos cordobeses, que
no precisamente invitaban a
permanecer mucho tiempo
en aquel lugar. Mi tío, serio,
muy en su papel, con su cálido verbo (o eso me parecía
a mí en aquellos tiempos) declamaba: “Fue valiente y
galante; su apodo: Manolete; Islero, el de la fiera; la
fecha de un mes de agosto; la plaza... la de Linares. Un
aire de leyenda le llora en mil cantares”.
Muchos años más tarde, he vuelto al mismo lugar –ésta vez ya por voluntad propia–, al mismo escenario:
ante la escultura yaciente del insigne torero, en el mausoleo
del cementerio de Nuestra Señora de La Salud, y reviví de nuevo aquella experiencia seducido por el
imborrable recuerdo. A las cinco de la tarde, volví a reverenciar
a aquel que los ruedos pisó con firmeza y que
yace aquí, en la Córdoba que le acunó.

Sirva mi anécdota para recomendar un paseo por
La Ruta de Manolete, el cuarto califa de esa Córdoba
mora. Le gusten los toros o no, es la excusa para descubrir
el barrio de los toreros.
Podemos empezar por la
Torre de la Malmuerta, curioso
nombre que recibe el
portón del barrio de Santa
Marina, donde nació y vivió
el torero y que guarda leyendas
de amor y celos. A partir de ahí, callejear sin prisa
entre patios umbríos y fragantes, y entre perfumados
naranjos, contemplando los perennes geranios de los
balcones, reparando en las rejas (siempre negras) de
las casas (siempre blancas) de la recoleta plazuela de
La Lagunilla, donde se levanta un sentido monumento
a Manolete, que vivió niñez y adolescencia por esas
callejuelas. También en otra plaza, en la del Conde de
Priego, se homenajea al genial torero.
Obligado es hacer parada en alguna de las tabernas
para brindar con una copa de fino muy frío. Cantinas, a
veces escondidas entre agradables callejones, que fueron
frecuentadas por el diestro, y que ahora recuerdan
su vida artística con algunos trofeos expuestos en vitrinas,
fotografías enmarcadas y amarillentos carteles empapelando
las paredes. La mitomanía taurina tiene sus
iconos: en La Taberna de Paco Acedo (Adarve, 28) aún
está el sillón de anea donde se sentaba Manolete.
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