Embrujo Cordobés
A orillas del Guadalquivir, la ciudad de Córdoba exhibe su legado cultural entre Oriente y Occidente.
 
Texto: Pedro Grifol
 

Ya que estamos en invierno, empezaré con un recuerdo, mi primer recuerdo cordobés, de un poder hechizante y que –por personal– me resulta más emotivo: a las cinco de la tarde, cuando la ciudad dormía su siesta, hallábame –callado y escuchante–, con no más de doce años, en ese período existencial en el que aún no se tiene potestad, junto a mi tío
–rapsoda él– y en un insólito lugar haciendo turismo, a esas horas de esos sofocantes agostos cordobeses, que
no precisamente invitaban a permanecer mucho tiempo en aquel lugar. Mi tío, serio, muy en su papel, con su cálido verbo (o eso me parecía a mí en aquellos tiempos) declamaba: “Fue valiente y galante; su apodo: Manolete; Islero, el de la fiera; la fecha de un mes de agosto; la plaza... la de Linares. Un aire de leyenda le llora en mil cantares”.
Muchos años más tarde, he vuelto al mismo lugar –ésta vez ya por voluntad propia–, al mismo escenario: ante la escultura yaciente del insigne torero, en el mausoleo del cementerio de Nuestra Señora de La Salud, y reviví de nuevo aquella experiencia seducido por el imborrable recuerdo. A las cinco de la tarde, volví a reverenciar a aquel que los ruedos pisó con firmeza y que yace aquí, en la Córdoba que le acunó.

Sirva mi anécdota para recomendar un paseo por La Ruta de Manolete, el cuarto califa de esa Córdoba mora. Le gusten los toros o no, es la excusa para descubrir el barrio de los toreros. Podemos empezar por la Torre de la Malmuerta, curioso nombre que recibe el portón del barrio de Santa Marina, donde nació y vivió el torero y que guarda leyendas de amor y celos. A partir de ahí, callejear sin prisa entre patios umbríos y fragantes, y entre perfumados naranjos, contemplando los perennes geranios de los balcones, reparando en las rejas (siempre negras) de las casas (siempre blancas) de la recoleta plazuela de La Lagunilla, donde se levanta un sentido monumento a Manolete, que vivió niñez y adolescencia por esas callejuelas. También en otra plaza, en la del Conde de Priego, se homenajea al genial torero.
Obligado es hacer parada en alguna de las tabernas para brindar con una copa de fino muy frío. Cantinas, a veces escondidas entre agradables callejones, que fueron frecuentadas por el diestro, y que ahora recuerdan su vida artística con algunos trofeos expuestos en vitrinas, fotografías enmarcadas y amarillentos carteles empapelando las paredes. La mitomanía taurina tiene sus iconos: en La Taberna de Paco Acedo (Adarve, 28) aún está el sillón de anea donde se sentaba Manolete.

Servicios de Renfe en Córdoba
En Punto recomienda...

 
 
 
Editorial
Portada
Noticias
A fondo
Nuestros negocios
Responsabilidad Social
Opinión
Internacional
Noticias del sector
Cultura
Nuestras rutas


made by FreeFind