Desde
finales del siglo XX, y desde distintos ámbitos científicos, era cada vez más frecuente
la referencia a dos conceptos que, se
anticipaba, condicionarían el devenir del siglo XXI:
el cambio global y la necesidad de nuevas políticas
territoriales. Ambos conceptos han tenido su materialización
práctica a lo largo del último siglo con la
multiplicación por cuatro de la población del planeta,
por 13 de la población urbana y del consumo energético,
con el incremento por 17 de las emisiones de
CO2 y por 14 de la producción económica mundial,
además de la fortísima reducción de la biodiversidad
(sexta gran extinción de especies y primera de la que
la humanidad es responsable directa).
En este marco, tres hitos pasarán a la historia: el
primero, las conclusiones del Panel Científico de Cambio Climático (IPCC), premio Nobel de la Paz 2007, que
aseveran, sin lugar a dudas científicas, que se está produciendo
un cambio climático como consecuencia de
la emisión de los gases de efecto invernadero (GEI); el
segundo, la superación del nivel de los 100 dólares por
barril de petróleo, con un pico de 160 dólares/barril en el
primer semestre del 2008; el tercero, la crisis financiera
global, precursora de la que parece inevitable primera
gran crisis económica del capitalismo del siglo XXI.

La situación actual exige optar de forma real –y
no sólo retórica– por un desarrollo que sea sostenible
ambientalmente y cohesionado socioeconómica y territorialmente.
Y es en este marco en el que hay que hacer
referencia a las políticas de transporte y al papel que
juega el ferrocarril en las mismas, teniendo en cuenta
que, pese al fuerte incremento de la oferta de infraestructuras y servicios, existen altos niveles de congestión
del tráfico en las áreas urbanas y en los principales corredores
de transporte. También nos encontramos con
un fuerte y creciente desequilibrio hacia el transporte
por carretera y el aéreo, y con las crecientes dificultades
para la intermodalidad. Además, al transporte le
corresponde el 13% del total de emisiones de gases
de efecto invernadero (en España, es el 25%, con un
crecimiento del 89% entre 1990 y 2006).