Las marcas son el resultado del libre mercado,
la diferenciación entre empresas, productos
y servicios son necesarias para desmarcarse
de la competencia y esto ha provocado que la marca
se haya convertido en el activo intangible más importante
de una compañía: la situación del mercado
la demanda; la empresa la construye; el empleado la
comunica, y el cliente la premia. De ahí la necesidad
de cuidarla y transmitirla con coherencia al público
objetivo. Pero, ¿qué ocurre en una situación de monopolio?
El valor de la marca técnicamente tiende a
cero, no necesita diferenciarse de la competencia y el
transmitir una experiencia de marca no está entre los
objetivos prioritarios. Es la situación que vivía Renfe
desde su creación: más de 60 años de experiencia y
sin grandes cambios en su estrategia de marca, hasta que la posibilidad del cese de la situación de monopolio
se vislumbró no muy lejana.


Ante la posibilidad de la apertura del mercado ferroviario
a otras empresas, Renfe decidió desvincularse
de su antigua imagen, aprovechando la potencia de la
marca, tras embarcarse en una nueva era de liderazgo
y con la definición de una nueva línea de negocio.
En colaboración con Interbrand se inició una fuerte
etapa de trabajo para conseguir una imagen nueva
y una identidad de marca más dinámica y flexible.

Un proceso que comenzó en 2004 y culminó un año
más tarde con la presentación de la nueva imagen
de Renfe y de una estrategia para acercarse más al
consumidor y formar parte de su vida. Se realizó una transición de los colores azul y blanco al morado y
se diseñó un isotipo en movimiento inspirado en el
infinito, que reflejaba la apertura de la compañía a la
libre competencia dentro de la industria ferroviaria,
sustituyendo así al símbolo de la doble flecha.