Algo se mueve en el transporte accesible
Las diferentes políticas públicas y privadas de discapacidad deben tener como eje central de actuación la accesibilidad universal.

Luís Cayo. Secretario General del Comité Español de Representantes de
Minusválidos (CERMI)

 
 

La accesibilidad universal entendida en su sentido más amplio y comprensivo es la gran cuestión, el gran tema de presente en el proceso de normalización y plena ciudadanía de las personas con discapacidad. La accesibilidad debería ser hoy el eje de las políticas públicas de discapacidad; de toda acción e intervención, pública y privada, en esta materia. Y esto es así porque la accesibilidad universal forma parte del ejercicio normalizado de los derechos fundamentales.
Junto a esta consideración inicial, hay que hacer una comprobación de hecho: la accesibilidad ha sido, en España, el gran fracaso –si se permite la expresión– de las políticas públicas de discapacidad de estos últimos 25 años. Desde que se inauguraron con la LISMI (Ley de Integración Social de Minusválidos de 1982) unas políticas de discapacidad dignas de tal nombre, los menores avances se han producido –mejor, no se han producido.
Si nos circunscribimos al transporte, al acceso de las personas con discapacidad a los distintos medios de transporte, lo dicho antes puede reproducirse casi punto por punto, con algunas matizaciones. La primera gran carencia, en el ámbito estatal, ha sido la ausencia de legislación. La ya citada LISMI sólo dedicaba un artículo (el 59) a la accesibilidad en el transporte, y en unos términos vagos y meramente desiderativos. Pues bien, esta magra regulación ha sido durante muchos años la única normativa estatal. El gran grueso regulador vino por las diversas y dispersas leyes autonómicas, las cuales adolecían de distintos defectos. La más de las veces la regulación del transporte era apenas significativa. De hecho, los medios de transporte más relevantes quedaban en la práctica sin obligaciones establecidas en norma legal.

Éste ha sido con generalidad el deficiente panorama regulatorio de la accesibilidad a los medios de transporte. Es cierto, que desde Europa nos han venido, bien que fragmentariamente, disposiciones normativas que han incidido en la mejora de la accesibilidad al transporte. Después de muchos años de fracaso colectivo en el plano normativo, con la promulgación de la LIONDAU en 2003, al menos, vamos contando con herramientas para hacer progresivamente efectivo el mandato de accesibilidad universal al transporte.


Más allá del nuevo marco jurídico y de sus mandatos, estamos asistiendo a iniciativas en materia de accesibilidad al transporte del máximo interés, llevadas a afecto por operadores de enorme significación, como es el caso de Renfe. La operadora, en estrecha colaboración con las organizaciones representativas de la discapacidad, está desplegando un ambicioso Plan de Accesibilidad 2007- 2010, que de cumplirse supondrá las transformaciones
del transporte ferroviario desde el punto de vista de la accesibilidad. Con un adelanto considerable sobre los límites temporales establecidos por la Ley, Renfe se ha propuesto que en unos años el transporte ferroviario sea accesible para los ciudadanos con discapacidad en unos plazos razonablemente acelerados. Se trata, y lo decimos desde la neutralidad que nos otorga formar parte del sector de la discapacidad, de la iniciativa de más calado que se está llevando a cabo por lo menos en Europa, en términos de accesibilidad al transporte ferroviario. El primer año de ejecución del Plan ofrece resultados alentadores, aunque habrá que prestar mucha atención y estar muy vigilantes para que este sostenido aliento no se relaje.
La plena ciudadanía de las personas con discapacidad y la calidad de sus derechos pasan, como nunca hasta ahora, por lo que hagamos en cuestiones de accesibilidad. En buena parte, encauzar, acelerar y garantizar la buena dirección de ese proceso –largo, complejo, ingrato– está en manos de las propias personas con discapacidad y de las entidades en las que se integran, de su acción individual y de su acción colectiva. No renunciemos a ese futuro que comienza a pertenecernos.

El giro de la LIONDAU

 
 
 
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