Cierto es que Huesca capital y sus alrededores
son prácticamente inabarcables en sólo un par de días. Pero también es verdad
que basta una primera aproximación y dar un pequeño paseo por esta zona para querer volver. Huesca está casi a los pies de los Pirineos, como antesala a la montañosa Sierra de Guara e inicio de las llanuras que descienden suaves hasta el mismísimo
río Ebro. Para empaparnos un poco de la esencia oscense, proponemos un aperitivo de fin de semana para comenzar a degustar lo que ofrecen estas tierras de montaña.

Partimos desde Madrid Puerta de Atocha el viernes por la tarde para llegar a degustar una cena en la ciudad. El sábado, muy temprano tomamos orientación noroeste rumbo al reino de los mallos, a través de un camino que se adentra por La Hoya y que combina verdes y amarillos caminos, cuestas empinadas y picos misteriosos.
Nos dirigimos a una zona que guarda historias de moros y cristianos a poco más de mil metros de altura: allí visitamos el castillo románico de Loarre, levantado en el siglo XI con un exquisito gusto arquitectónico –aquí se filmó El Reino de los Cielos con Orlando Bloom como protagonista– y la colegiata de Bolea, construida sobre una antigua fortaleza árabe.
Ambos monumentos se ubican en la que un día fuera la frontera entre dos mundos y que remiten a históricas confrontaciones de la Baja Edad Media.Pero estas alturas no sólo han sido buenas para la estrategia militar. Al adentrarnos un poco más en la montaña siguiendo el cauce del río Gállego hasta pasar el pueblo de Ayerbe, nos desviamos de la A-132 hacia el noreste, para encontrarnos con un regalo de la roca y el viento y paraíso de los escaladores:
los mallos de Riglos, un macizo de paredes verticales con más 300 metros de altitud. La verdad, es que la solemnidad de esta roca, vigilada a su pies por un pueblo que lleva el mismo nombre, sólo se rompe con las palabras del viento y también, dicen, por las aves rapaces que han escogido estas tranquilas
alturas para anidar. Esta vez, sin embargo, no tuvimos la suerte de ver al quebrantahuesos ni a los buitres leonados ni a los alimoches ni a ninguna otra cuidadora de los cielos.
Lo que sí vimos fue Murillo de Gállego –en la margen derecha del río, un escenario ideal para descensos vertiginosos en el agua–, el único pueblo de la zona ubicado en la provincia de Zaragoza, y que ha heredado también construcciones románicas como la iglesia de San Salvador o la de la virgen de Liena levantada en lo alto del casco urbano. Este pueblo es hoy un destino obligado de los practicantes
de deportes de riesgo.
Fin de semana en Huesca