Bienvenidos a la fiesta de la cultura con mayúsculas.
Cuando el tren comienza a frenar
su marcha y entra en la estación de Atocha,
lo hace a un edificio singular cuya remodelación, entre
1985 y 1992, lleva la firma de Rafael Moneo, el
mismo autor de la reciente ampliación del Museo del
Prado. Esta arquitectura vanguardista se fusiona a la
perfección con la antigua estación, una obra cumbre
de la arquitectura ferroviaria de hierro y cristal dominante
en el último tercio del siglo XIX, ahora ocupada
por un interesante jardín botánico.
Al salir de la estación, el viajero se encuentra, justo
enfrente, con la gran visera roja proyectada por el arquitecto
francés Jean Nouvel para el Museo Reina Sofía,
uno de los baluartes de la popularmente conocida como “milla del arte”. En poco más de un kilómetro, entre
la plaza de Neptuno y la glorieta de Embajadores, se
ofrece al visitante el mayor catálogo de historia de la
pintura, desde primitivos flamencos a las pinturas de las vanguardias europeas que destacan en la colección del
Thyssen; los fondos del Museo del Prado con las obras
de Velázquez, Murillo, Rivera o Goya a la cabeza; la
apuesta contemporánea del recién inaugurado CaixaForum;
los cuadros de Picasso, Gris, Miró y Dalí, las joyas
del Reina Sofía, o las últimas tendencias artísticas que
pueblan el espacio de la Casa Encendida.

A unos trescientos metros de la estación de Atocha,
bajando por la avenida Ciudad de Barcelona, se
encuentra la Basílica de la Virgen de Atocha, uno de
los pocos ejemplos de la arquitectura neobizantina
que existen en Madrid. Puesta en el mapa tras la boda
de los príncipes de Asturias, el templo se levanta sobre
los restos de la ermita del siglo XVI dedicada a venerar
a esta virgen. Aunque en su interior reposan los
restos de Fray Bartolomé de las Casas, lo más admirable
es su claustro, donde se alberga el desconocido,
pero bellísimo, Panteón de Hombres Ilustres, lugar
de reposo final de 13 prohombres de la vida política, cultural y militar de finales del siglo XIX y principios
del XX como Prim, Ríos Rosas, Cánovas del Castillo
o Argüelles, y cuyos sepulcros están adornados por
esculturas de Mariano Benlliure y Agustín Querol.
Justo al lado de la basílica, la Real Fábrica de Tapices
muestra su colección de cartones, bocetos, alfombras y
tapices de incalculable valor, además de los trabajos
que Goya realizó, a partir de 1775, por encargo de Cornelio
Vandergoten, a la sazón director de la institución.

De vuelta sobre sus pasos, el viajero se encuentra con
el Museo Nacional de Antropología, uno de los grandes
desconocidos de Madrid y donde, a través de indumentarias,
adornos, ajuares domésticos o instrumentos musicales
descubre la vida, la historia y las costumbres de
los distintos pueblos que habitan los cinco continentes.
Al salir, en la calle de Alfonso XII, el Observatorio Astronómico
de Madrid se alza majestuoso sobre la colina del Parque del Retiro. Fundado por iniciativa del rey Carlos
III, este edificio alberga una curiosa y valiosa colección
de instrumentos antiguos que, mediante cita previa,
puede visitarse los viernes por la mañana en compañía
de un astrónomo, encargado de explicar la historia de
la institución, así como el funcionamiento del péndulo
de Foucault y de los primeros telescopios con los que se
contó en España para la observación del cielo.
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