Holanda
La alta velocidad se suma a la tradición ferroviaria
Una de las redes más densas y eficientes del tren convencional en Europa abrirá en 2008 su primer tramo de altas prestaciones.

 
Texto: Antonio Carballo
 

La red ferroviaria holandesa es una de las más tradicionales y tupidas del mundo. Este país de orografía plana, con una extensión parecida a la de Extremadura, ha encontrado en los caminos de hierro un medio de transporte a la medida de su idiosincrasia. Con una red de 6.500 kilómetros y un entramado de circulaciones que implican a 5.300 trenes y a 315 estaciones, el ferrocarril en Holanda ha logrado mantener una participación superior al 20% en el mercado de movilidad de pasajeros. Un dato que contrasta con el 7% de cuota del tren en otros países de la Unión Europea.
Después de conocer esta valiosa tarjeta de presentación ferroviaria, cuesta creer que sólo a lo largo del presente ejercicio Holanda vaya a incorporarse al club de la alta velocidad mundial. Y lo hará con la puesta en servicio de una línea que tiene tan sólo 130 kilómetros adaptados a un registro máximo de 300 km/h. Se trata de la adaptación a las altas prestaciones del tramo holandés de la línea transfronteniza que, desde hace una década y con el nombre comercial de Thalys, enlaza París y Bruselas con las ciudades de Lieja y Amberes en Bélgica; La Haya, Róterdam y Ámsterdam en Holanda, y Aquisgrán y Colonia en Alemania. Con la inauguración del nuevo tramo, el tiempo de viaje entre Ámsterdam y Róterdam será de 35 minutos, frente a los 62 minutos actuales.
Sin embargo, el tren convencional en Holanda goza de buena salud porque ha estado apoyado en la preocupación constante de las autoridades del transporte que no permitieron que este sistema de movilidad tradicional, como ocurrió en otros países, se hundiera ante el empuje del automóvil y del avión. Los gobiernos de Ámsterdam han adoptado algunas medidas como el Rail 21 de 1989, diseñado para sentar las bases del desarrollo del tren con vistas al siglo XXI. La propuesta tenía como objetivo controlar el excesivo tráfico que soportaban las carreteras del país y suponía una apuesta por aumentar el protagonismo del ferrocarril a la vez que se implantaban medidas que restringían el uso de vehículos rodados, aumentando los impuestos sobre la gasolina e introduciendo peajes.

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