Santiago de Compostela
Donde las piedras sueñan
La capital gallega es considerada patrimonio de la humanidad por su belleza monumental y su
significado cultural y religioso desde la Edad Media.
 
Texto: Pedro Grifol
 

Las horas que cada uno recuerde de la visita a Compostela, por breves que fueran, permanecen en nuestra memoria como esculpidas en la roca están las conchas de peregrino en los pilares que jalonan el Camino de Santiago. La ciudad de Santiago de Compostela es la crónica grabada en piedra de un movimiento de viajeros que se inició en el siglo VIII y que continúa hasta nuestros días.
Que sea año santo jubilar o no –por cierto, el próximo acontecerá en 2010–, no importa para que planifiquemos nuestra experiencia compostelana, porque Santiago de Compostela es como un viaje a una calle larga habitada por una memoria histórica donde vagan los nombres de leyenda, y porque todos los viajes con un componente místico, siempre son un viaje al interior de uno mismo.


La tradición no siempre cuenta la verdad pero lo adorna todo con un halo de fantasía que es más excitante que la propia historia, cuestión de la que nunca sabremos la verdad. Así pues, por estas tierras, todo empieza en torno a la figura de Santiago Apóstol y en la necesidad de construir una catedral que contuviera su tumba; convertir el lugar en otro “ombligo del mundo” creando una serie de caminos que condujeran a ella; y rizando el rizo, establecer reflejos cósmicos con la Vía Láctea, puntos de unión entre el Cielo y la Tierra, y otras características de singular intensidad que generarán un ambiente de alta espiritualidad.

Los hombres del románico sabían muy bien cómo potenciar un espacio sagrado y construyeron una grandiosa
iglesia para la peregrinación, con tres naves de grandes dimensiones para acoger multitudes; ninguna iglesia en el mundo se abre a cuatro plazas como la basílica compostelana. Estamos ante la fachada principal o del Obradoiro, ante la cual se eleva una gran escalinata, y accedemos a la entrada del magnífico templo. Aquí empieza el ritual del peregrino, practicado ya desde hace mil años, que principia por admirar el Pórtico de la Gloria, retablo barroco-churrigueresco en el que el Maestro Mateo esculpió en sus arquivoltas y jambas más de 200 figuras en piedra que representan varios personajes bíblicos entre angelitos trompeteros.
Como segundo paso, el peregrino se dirige a la figura del Apóstol que se asienta en lo alto de una columna a modo de árbol; acaricia la columna e introduce sus dedos en las oquedades de la piedra que millones de predecesores han ido conformando a lo largo de los siglos. Posteriormente se dirige a la popular escultura conocida como santo dos croques, o sea, santo de los coscorrones –que parece que retrata al propio escultor Mateo–, y golpea (suponemos que suavemente) su frente en la figura petrificada.
Lo siguiente es ir hacia el altar mayor para encontrarse con la preciada imagen de Santiago, pasará por detrás del altar y subirá por las escaleras hasta poder dar el célebre abrazo al santo, una escultura sedente del siglo XIII, revestida de plata y piedras preciosas en la que el santo aparece portando los atributos de los peregrinos: el báculo y la calabaza; momento culmen para el peregrino y con el que ha soñado a lo largo de muchas jornadas.

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