Las horas que cada uno recuerde de la visita a
Compostela, por breves que fueran, permanecen
en nuestra memoria como esculpidas
en la roca están las conchas de peregrino en los pilares
que jalonan el Camino de Santiago. La ciudad
de Santiago de Compostela es la crónica grabada en
piedra de un movimiento de viajeros que se inició en
el siglo VIII y que continúa hasta nuestros días.
Que sea año santo jubilar o no –por cierto, el
próximo acontecerá en 2010–, no importa para que
planifiquemos nuestra experiencia compostelana,
porque Santiago de Compostela es como un viaje a
una calle larga habitada por una memoria histórica
donde vagan los nombres de leyenda, y porque todos los viajes con un componente místico, siempre son un
viaje al interior de uno mismo.

La tradición no siempre cuenta la verdad pero lo adorna
todo con un halo de fantasía que es más excitante
que la propia historia, cuestión de la que nunca sabremos
la verdad. Así pues, por estas tierras, todo empieza
en torno a la figura de Santiago Apóstol y en la
necesidad de construir una catedral que contuviera su
tumba; convertir el lugar en otro “ombligo del mundo”
creando una serie de caminos que condujeran a
ella; y rizando el rizo, establecer reflejos cósmicos con
la Vía Láctea, puntos de unión entre el Cielo y la Tierra, y otras características de singular intensidad que
generarán un ambiente de alta espiritualidad.

Los hombres del románico sabían muy bien cómo
potenciar un espacio sagrado y construyeron una grandiosa
iglesia para la peregrinación, con tres naves de
grandes dimensiones para acoger multitudes; ninguna
iglesia en el mundo se abre a cuatro plazas como la basílica
compostelana. Estamos ante la fachada principal o
del Obradoiro, ante la cual se eleva una gran escalinata,
y accedemos a la entrada del magnífico templo. Aquí
empieza el ritual del peregrino, practicado ya desde
hace mil años, que principia por admirar el Pórtico de
la Gloria, retablo barroco-churrigueresco en el que el
Maestro Mateo esculpió en sus arquivoltas y jambas más
de 200 figuras en piedra que representan varios personajes
bíblicos entre angelitos trompeteros.
Como segundo paso, el peregrino se dirige a la
figura del Apóstol que se asienta en lo alto de una
columna a modo de árbol; acaricia la columna e introduce
sus dedos en las oquedades de la piedra que
millones de predecesores han ido conformando a lo largo de los siglos. Posteriormente se dirige a la popular
escultura conocida como santo dos croques, o
sea, santo de los coscorrones –que parece que retrata
al propio escultor Mateo–, y golpea (suponemos que
suavemente) su frente en la figura petrificada.
Lo siguiente es ir hacia el altar mayor para encontrarse
con la preciada imagen de Santiago, pasará por
detrás del altar y subirá por las escaleras hasta poder
dar el célebre abrazo al santo, una escultura sedente
del siglo XIII, revestida de plata y piedras preciosas en
la que el santo aparece portando los atributos de los
peregrinos: el báculo y la calabaza; momento culmen
para el peregrino y con el que ha soñado a lo largo de
muchas jornadas.
Pasaporte de viaje de Renfe por las ciudades patrimonio