El
transporte constituye un elemento clave en el
crecimiento económico español y europeo. El
aumento constante de su demanda está creando,
en contrapartida, numerosos problemas que amenazan
el futuro desarrollo económico. La congestión de
las carreteras y aeropuertos no sólo añade un 6% a la
factura energética que pagamos en la Unión Europea
(lo que supone miles de millones de euros), sino que
ocasiona pérdidas muy cuantiosas en horas de trabajo,
enfermedades debidas al estrés en las personas y costes
medioambientales cada día más difíciles de asumir.
El sector del transporte es responsable del 28% de las
emisiones a la atmósfera de dióxido de carbono (CO2),
el principal gas de efecto invernadero y responsable, en
buena parte, del llamado cambio climático.

Sin embargo, cuando hablamos de transporte sería
conveniente distinguir entre los diferentes modos
(carretera, ferrocarril, aéreo y marítimo), puesto que el
impacto negativo de cada uno de ellos resulta muy diferente.
El 84% de la contaminación por CO2 procede de
los vehículos de carretera, modo de transporte responsable
también de 41.600 muertos en los países de la UE
y 1,7 millones de heridos (cifras consolidadas de 2005),
con un coste estimado del 2% del Producto Interior Bruto
europeo. La carretera supone el 44% del transporte
de mercancías y el 85% del transporte de pasajeros. Teniendo en cuenta el colapso de las infraestructuras y
que el transporte por carretera resulta, de largo, el más
costoso en términos económicos y medioambientales,
desde 1986 y, en particular, desde la publicación del
Libro Blanco en 2001, los objetivos de la política europea
de transportes se cifran en traspasar al ferrocarril y
al modo marítimo el mayor número de mercancías y de
pasajeros que hoy se transportan por carretera (larga
distancia) y por avión (corta distancia).
Redes transeuropeas, proyecto y realidad