Bélgica es un país pequeño, con poco más de 10
millones de habitantes, que está flanqueado
por los dos gigantes ferroviarios: Francia y Alemania.
Esto le obliga a soportar una incómoda comparación,
ya que sus estructuras de tren, las más densas de
Europa, se han modernizado despacio. Pero esto también
se ha traducido en ventajas notables como el acceso a la
alta velocidad a través de los servicios Thalys y Eurostar.

La dimensión manejable del país no le ha ahorrado
tener que enfrentarse a los retos que han acechado al
ferrocarril europeo, como la elevada deuda histórica, las
abultadas plantillas, la competencia del avión y de la carretera,
y las ineficiencias de las estructuras del monopolio.
El entramado ferroviario belga, además, se vio penalizado,
en su día, por una decisión política. A diferencia de otros ferrocarriles europeos, el gobierno belga no se hizo
cargo de la deuda histórica acumulada y, cuando se quiso
abordar la renovación de las rutas y tráficos domésticos, y
financiar las líneas de alta velocidad que impulsaban sus
vecinos, el sistema se vio sumergido en el colapso.

Aunque tarde, la rectificación llegó en 2004. Para adecuarse
a la legislación liberalizadora, una nueva ley
permitió dar a luz una estructura ferroviaria totalmente
renovada. De la escisión de la administración ferroviaria
tradicional Sncb, surgió una empresa de cabecera, Sncb
Holding, de la que se ha hecho depender a dos filiales:
un gestor de infraestructura, Infrabel, y un operador ferroviario
de viajeros y mercancías, Sncb Explotación.
Mercancía despega con nuevos operadores privados