A bordo de un libro
Muchas personas aprovechan los viajes en tren para sumergirse entre las páginas de un buen libro.
 
Texto: Rubén Romero y Juan Lucio
 

Existen pocos placeres superables al de la lectura en un tren. Por comodidad, por calma, por ambiente, el traqueteo del tren te permite introducirte en los mundos fantásticos como ningún otro medio de transporte. Viajar en ferrocarril
y observar las lecturas de los demás es un magnífico termómetro de las preocupaciones y sensibilidades del ser humano.
Hay quien dice que somos lo que comemos, y no falta quien haya replicado que, de la misma manera, somos lo que leemos. Así, hoy en día no hay coche en el que no exista un lector enfrascado en la lectura de otros trenes, muy diferentes al suyo. Me refiero a los que aparecen en El niño del pijama a rayas, de John Boyne (Salamandra), Vida y destino, de Vasili Grosman (Círculo de lectores) o Las benévolas, de Jonathan Lithell (RBA), trenes que conducían al
Holocausto, un tema muy recurrente en las listas de éxitos en la actualidad.
De recuerdos, aunque de otro tipo, también se alimenta El mundo, de Juan José Millás (Premio Planeta 2007), de nuevo una historia de un viaje, el que hace un joven desde el Levante hasta Madrid. O Un día de cólera, de Arturo Pérez Reverte (Alfaguara), basado en las memorias de aquellos que lucharon contra el francés en la Guerra de la Independencia. Luego está la peculiar orografría de nuestro país. No hay mejor lugar para darse a la lectura de la nueva novela de Noah Gordon que atravesar los viñedos de La Rioja o la Ribera del Duero, mientras se paladea La Bodega (Roca); o mirar los postes de teléfonos y un atardecer polvoriento mientras nos absorbe el Premio Pulitzer de Cormac McCarthy con La carretera (Mondadori).

El tren de las palabras

 
 
 
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