Un tren por Asturias
El Principado luce un paisaje de mar y montaña, una historia ancestral y moderna, un turismo activo y cultural, y todo con el ferrocarril como protagonista.
 
Texto: Luis Argeo
 

Parece una exageración, pero mirando a través de la ventana del tren, uno nota que está muy, pero que muy alto. Hace años que el tren atravesó las montañas que preservan Asturias para comunicar esta región verde y negra con la meseta castellana. Cuando se llega a Asturias, el descenso por el puerto de Pajares permite advertir la osadía humana frente al poder de la naturaleza. Los coches del tren se deslizan por el filo de las montañas hasta encontrar las primeras poblaciones, quietas, pequeñas, atentas a las horas de llegada del tren. Campomanes es una de ellas, en la boca de los valles del Huerna y Pajares, donde confluyen sendos ríos para convertirse en Lena. Campomanes ya deja ver qué tipo de Asturias se ve desde el tren: la de las viejas casas señoriales, rurales. Bellas y decadentes en equilibradas proporciones. Casonas como la de los Llanes Posada o el Puente Romano se empapan de invierno, de humedad y de colores añejos, entre árboles desnudos, casas desperdigadas, huertas, cercados y vacas.
El tren no se detiene. Atrás quedan las montañas. Pola de Lena se presenta como la primera población importante
desde que partimos de León. Antes de llegar a ella, entre las poblaciones de Campomanes y Vega del Rey, se puede vislumbrar la iglesia de Santa Cristina escondida en lo alto de un cerro (hay quien dice que no siempre estuvo ahí). Santa Cristina es una de las olvidadas del prerrománico asturiano, y una de tantas joyas de piedra desperdigadas por la región. El paraguas de la Unesco la protege desde 1985, por su estilo arquitectónico, por su origen visigodo, por sus 365 esquinas, tantas como días tiene el año. Para sacar todo el jugo informativo de la visita se debe acudir al viejo edificio de la estación ferroviaria de la Cobertoria, que acoge un aula didáctica del prerrománico repleta de tecnología al servicio del período medieval.

El tren continúa hacia Mieres, emblema de la minería, del arrojo y la naturalidad astur. El estigma minero e industrial podría interpretarse desde muchísimas perspectivas en esta comarca. Pero la naturaleza y el turismo no tienen por qué estar reñidas con las bocaminas, los lavaderos, ni con los túneles y puentes ferroviarios, o las chimeneas. El turismo empieza a abrir sus puertas a esta variedad tan ligada a Asturias, el patrimonio industrial. Dichos elementos paisajísticos artificiales han superado el paso del tiempo con dignidad arquitectónica, y su armonía y silencio respetan el equilibrio ambiental. Basta acercarse al centenario poblado minero de Bustiello, donde se puede conocer un
conjunto auténtico, rebosante de historia minera. En el centro de Mieres, la plaza de Requejo está adornada con una escultura dedicada al escanciado de sidra. Sólo mirarla ya incita a conocer los chigres y sidrerías aledañas. Aunque para esculturas, el Monumento Internacional al Minero, que cobija en su interior una llama encendida con la que se quiere reconocer la oscura y peligrosa labor de los trabajadores de la mina.

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