Parece una exageración, pero mirando a través
de la ventana del tren, uno nota que está muy,
pero que muy alto. Hace años que el tren atravesó
las montañas que preservan Asturias para comunicar
esta región verde y negra con la meseta castellana.
Cuando se llega a Asturias, el descenso por el puerto de
Pajares permite advertir la osadía humana frente al poder
de la naturaleza. Los coches del tren se deslizan por el
filo de las montañas hasta encontrar las primeras poblaciones,
quietas, pequeñas, atentas a las horas de llegada
del tren. Campomanes es una de ellas, en la boca de los
valles del Huerna y Pajares, donde confluyen sendos ríos
para convertirse en Lena. Campomanes ya deja ver qué
tipo de Asturias se ve desde el tren: la de las viejas casas
señoriales, rurales. Bellas y decadentes en equilibradas
proporciones. Casonas como la de los Llanes Posada o el
Puente Romano se empapan de invierno, de humedad y
de colores añejos, entre árboles desnudos, casas desperdigadas,
huertas, cercados y vacas.
El tren no se detiene. Atrás quedan las montañas.
Pola de Lena se presenta como la primera población importante
desde que partimos de León. Antes de llegar
a ella, entre las poblaciones de Campomanes y Vega
del Rey, se puede vislumbrar la iglesia de Santa Cristina
escondida en lo alto de un cerro (hay quien dice que no
siempre estuvo ahí). Santa Cristina es una de las olvidadas
del prerrománico asturiano, y una de tantas joyas
de piedra desperdigadas por la región. El paraguas de
la Unesco la protege desde 1985, por su estilo arquitectónico,
por su origen visigodo, por sus 365 esquinas,
tantas como días tiene el año. Para sacar todo el jugo
informativo de la visita se debe acudir al viejo edificio
de la estación ferroviaria de la Cobertoria, que acoge un
aula didáctica del prerrománico repleta de tecnología al
servicio del período medieval.

El tren continúa hacia Mieres, emblema de la
minería, del arrojo y la naturalidad astur. El estigma
minero e industrial podría interpretarse desde muchísimas perspectivas en esta comarca. Pero la naturaleza
y el turismo no tienen por qué estar reñidas con las
bocaminas, los lavaderos, ni con los túneles y puentes
ferroviarios, o las chimeneas. El turismo empieza a
abrir sus puertas a esta variedad tan ligada a Asturias,
el patrimonio industrial. Dichos elementos paisajísticos
artificiales han superado el paso del tiempo con dignidad
arquitectónica, y su armonía y silencio respetan el
equilibrio ambiental. Basta acercarse al centenario poblado
minero de Bustiello, donde se puede conocer un
conjunto auténtico, rebosante de historia minera. En
el centro de Mieres, la plaza de Requejo está adornada
con una escultura dedicada al escanciado de sidra. Sólo
mirarla ya incita a conocer los chigres y sidrerías aledañas.
Aunque para esculturas, el Monumento Internacional
al Minero, que cobija en su interior una llama
encendida con la que se quiere reconocer la oscura y
peligrosa labor de los trabajadores de la mina.
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