En una población como Madrid, considerada
por los especialistas como ejemplo de buena
gestión del transporte público, sólo el 31% de
los desplazamientos se realiza mediante sistemas colectivos,
mientras que el 69% restante utiliza el vehículo
privado. En España el coche es el modo dominante en
la mayoría de las ciudades, siendo el más empleado en
más de la mitad de los desplazamientos, según indica
el Observatorio de Movilidad Metropolitana de 2005. El
informe también revela el papel destacado del metro
en las poblaciones que cuentan con este servicio, así
como el de los traslados a pie (más popular en las áreas
medianas y pequeñas), con porcentajes superiores a los
de otras ciudades europeas. Sin embargo, estas últimas
hace un uso mayor de la bicicleta.
Por este motivo los expertos mundiales en movilidad,
como Hans Rat, secretario general de la UITP
(Unión internacional de Transporte Público), insisten en
la necesidad prioritaria de extender las redes de metro y
de cercanías en las ciudades y popularizar el transporte
público en general. Ello combinado con el establecimiento
de líneas pedagógicas para que los ciudadanos
hagan un uso de sus vehículos particulares compatible
con las necesidades de la sostenibilidad ecológica.

Un estudio de la UITP calificado como “la biblia en
asuntos de movilidad sostenible” y titulado Ciudades
del milenio, recoge datos sobre un centenar de megalópolis
y alerta de que el crecimiento acelerado del parque de automóviles puede comprometer el desarrollo
económico y empeorar las condiciones de vida de las
personas. Indica también que los costes del transporte
suman entre el 5 y el 7% del gasto bruto de cada ciudad.
Pero no todas las urbes hacen uso de sus recursos
de movilidad con el mismo concepto de racionalidad. La
UITP advierte que el gasto puede reducirse a la mitad si
se priorizan los desplazamientos a pie, en bicicleta y en
transporte colectivo o, por el contrario, puede dispararse
hasta el 15% si la apuesta es por el automóvil.
Ciudades del milenio señala que el crecimiento
anual del parque de automóviles privados en las urbes
analizadas se sitúa entre el 15 y el 20%. Este aumento “no puede ser acompañado en un ritmo comparable
por la construcción de infraestructuras destinadas a la
circulación de automóviles, camiones y autobuses”.
Como consecuencia “estas ciudades pueden llegar a la
parálisis en poco tiempo, a no ser que se reorganice
el transporte público”. Bangkok, Manila o Yakarta han
logrado velocidades de circulación en sus horas punta
que no superan los dos kilómetros por hora.

La UITP denuncia el derroche de espacio y de energía
que provoca la primacía del vehículo privado. “Si
50.000 viajeros por hora y sentido ocupan nueve metros
de la longitud de una calle determinada cuando
se desplazan en metro o tren de cercanías, la misma cifra de viajeros se extiende hasta 35 metros cuando se
mueven en autobús, y ocupa 175 metros si viajan en
automóvil. Además el transporte público consume 3,7
veces menos energía que los automóviles por cada persona
para un mismo desplazamiento”.

El abuso del coche privado impulsa a las urbes hacia escenarios
de congestión y contaminación, mientras que
la implantación de sistemas de transporte colectivos las
catapulta hacia la racionalidad y el ahorro. Andrés Monzón,
catedrático de Transportes de la Universidad Politécnica
de Madrid pone en juego otro estudio, éste sobre“la movilidad y sus hábitos en las 15 mayores ciudades
españolas”. Sentencia que “cuanto más componente de
medios ferroviarios existen en un sistema metropolitano
de desplazamientos, más alta será la componente de
uso del transporte público en dicha ciudad”.
El catedrático explica que para los ciudadanos, que
cada vez en mayor cantidad viven en el exterior de la
ciudad o en otros municipios, la decisión de acudir a
trabajar en tren o en coche privado depende en gran
medida de la eficacia y comodidad del medio de transporte
que deba utilizar. Si el tren le deja en los bordes
externos de la urbe, se verá obligado a hacer múltiples
trasbordos para llegar a su destino final. La política de hacer que líneas de ferrocarril de cercanías crucen la
ciudad por debajo y dejen a sus pasajeros en el mismo
centro consigue el efecto contrario: logran que el usuario
no tenga que hacer muchos transbordos con lo que
desistirá de usar su vehículo privado.
Cumbre en
Valencia
‘Hacia una nueva cultura de movilidad urbana’