La capital aragonesa siempre ha sido
una ciudad de paso por su estratégica
posición entre los núcleos urbanos más
importantes de nuestro país. Se sitúa a la misma distancia
de Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia, y por
eso, a lo largo de la historia, se han asentado distintos
pueblos como el íbero, romano, árabe y cristiano,
lo que ha permitido conocer a Zaragoza como “la
ciudad de las cuatro culturas”. Las huellas del pasado
se extienden por un extenso territorio que ni tan
siquiera el fuerte viento que recorre el valle del Ebro
en cualquier época del año, el temible cierzo, ha sido
capaz de borrar. Esta singularidad es lo que confiere
a los zaragozanos un carácter amable y abierto, ya
que continuamente reciben con los brazos abiertos al
visitante que recorre sus calles.
Si de algo presumen sus habitantes es de rendir
culto al río Ebro, que, como ellos dicen, es bendecido
por la Virgen del Pilar al pasar por la majestuosa
basílica del siglo XVII que preside la entrada por el
norte de la ciudad y que ha sido testigo mudo de la
historia. Durante el mes de octubre se celebran las
fiestas en su honor, que tienen su punto álgido el 12
de octubre. Ese día miles de personas, venidas desde todos los rincones de Aragón e incluso de España, desfilan vestidos con los trajes regionales y portan
flores que ofrecen a la “Pilarica”. El ramo es muy
importante porque cada año el manto de la patrona
cambia de color. Si coincide con las que se llevan pasarán
a formar parte de esa espectacular y bella túnica
sagrada. Durante una semana, los espectáculos se
adueñan de la vida de los habitantes: teatro, música,
danza, gigantes y cabezudos, vaquillas, corridas de
toros, actividades infantiles… Todos los ingredientes
para que no falte la diversión ni un instante.

Además de la Basílica de Nuestra Señora del Pilar,
hay numerosos monumentos que se pueden visitar:
la recientemente rehabilitada catedral gótica de
La Seo, una joya arquitectónica iniciada en el siglo
XII y finalizada en el XVIII; el palacio árabe de la Aljafería
(siglo XI), actualmente sede de las Cortes de
Aragón; la renacentista Lonja, convertida en sala de
exposiciones del Ayuntamiento; los restos romanos,
como las murallas, las termas o el teatro de Caesaraugusta;
las iglesias de San Pablo, Santa Engracia o
San Carlos; los renacentistas palacios de los Pardo,
Montemuzo, Sástago o Conde de Morata; los museos
Pablo Gargallo o Zaragoza; y el Centro de Historia, que desarrolla infinidad de actividades culturales. Éstos son algunos de los innumerables ejemplos de
la riqueza arquitectónica y escultórica que posee una
tierra ligada, por encima de todo, a sus raíces.
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