La Civitas Dei, la ciudad ideal de la Contrarreforma,
quiso realizarse en Alcalá de
Henares, de lo que resultó un abigarrado
conjunto monumental de conventos, claustros, iglesias,
capillas, ermitas y colegios vinculados a las órdenes
religiosas, allí donde antes habían convivido
cristianos, moriscos y judíos. No llegó a tanto, pero
imprimió carácter a la trama urbana por la que algunos
siglos más tarde pasean los viajeros del Tren
de Cervantes. Mucho antes de que un autor la apodara “Roma chica”, esta ciudad hispanorromana se
llamó Complutum, para recibir durante la ocupación
musulmana la denominación de Al´Qual´at en Nahar, de donde proviene su nombre actual Alcalá
(fortaleza) de Henares.

Sin estos detalles, al paseante se le hará difícil
entender la vida que encierran los muros que salen
a su encuentro, un compendio de la arquitectura
civil y religiosa en Castilla. Como Alcalá es, ante
todo, una ciudad universitaria, el itinerario debería
comenzar por la plaza de San Diego, frente a la
fachada plateresca de la universidad, antiguo colegio
mayor de San Ildefonso, para la que se empleó
piedra dorada de Guadalajara, y cuyo despliegue
iconográfico admite pocas comparaciones. Tres patios
sucesivos dan forma al conjunto: el de Villalnueva, el Trilingüe y el de Continuos, que conecta
los anteriores. Pero la obra maestra que atrae como
un imán a los visitantes es el Paraninfo –antigua
aula magna, hoy reservada para las grandes ocasiones–
con su artesanado mudéjar y sus muros de
yesería plateresca.
Podrá cada uno deambular a su aire por el centro
histórico, pero casi todo lo que atraiga su atención
estará, directa o indirectamente, relacionado
con la vida universitaria. Así, los colegios de San
Pedro y San Pablo son hoy ocupados por el rectorado,
el de Jesuitas por la facultad de Derecho y el
de Carmelitas Descalzos por la de Filosofía, y así de
seguido. El magnífico Colegio del Rey acoge la sede
matriz del Instituto Cervantes.
El tren de Cervantes