Tarragona
Horizontes al alcance de la mano
Fiestas, historia y cultura se empapan de las características del Mare Nostrum.
 
Texto: Luis Argeo
 

Dicen en Tarragona que, asomándose al Balcón del Mediterráneo en un día despejado, cualquiera puede apreciar la curvatura de la Tierra en el horizonte. Dicho balcón cuelga de un acantilado urbano al borde del mar, al final de la
Rambla Nova, y quienes sufren miopía o no alcanzan a ver la leve curva por cuestiones meteorológicas suelen
igualmente asomarse y admirar otros encantos de esta ciudad: la estación de tren, el puerto marítimo, el anfiteatro romano, la generosa playa del Milagro. Y es que Tarragona encierra en sí misma muchos horizontes culturales, históricos, paisajísticos, tan llamativos como alcanzables.
Hay quien sube al mirador a “tocar ferro”, pues también dicen algunos tarraconenses que quien toca la vieja barandilla de hierro forjado que bordea el Balcón ya tiene ganada la suerte del día. Y hay quien sube a contemplar los fuegos del Concurso Internacional de Castillos de Fuegos Artificiales, todo un acontecimiento en sí mismo desde que comenzara en 1990. Esta fiesta pirotécnica, una de las más célebres del Mediterráneo, prende su mecha al final de la playa, en la bahía que se abre en La Punta del Milagro, durante las noches del 2 al 8 de julio.

El ardiente y colorido concurso de fuegos artificiales apenas tiene dos décadas, pero la manipulación de la pólvora y los “voladores de fuego griego” destellan tradición en Tarragona. En el siglo XIV, algunos gremios y especieros ya los empleaban en sus fiestas populares. Entre ellas, las Fiestas de Santa Tecla, celebradas desde el año 1321 cada mes de septiembre.


Fiesta y religión tocaron el horizonte de Tarragona hace muchos siglos, tantos como soportan sobre sí los muros de la catedral, consagrada en lo más alto de la ciudad, sobre un entresijo de callejuelas y rincones revestidos de salitre mediterráneo.

Dominando el casco histórico, algunas piedras fueron colocadas ya en el año 1171, sobre otras de igual categoría. Porque la Catedral de Santa María, mitad románica, mitad gótica, se asienta sobre una mezquita árabe, y ésta sobre un santuario visigótico, y éste sobre un templo imperial romano. La “part alta” de la ciudad ya se vislumbró como lugar de encuentros, como espacio público para el cotilleo y la difusión de noticias llegadas de otros confines del Mare Nostrum en una época en la que Tàrraco constituía la principal población romana fuera de la bota italiana.

A PortAventura, en tren

 
 
 
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