Un tren de otro tiempo
El Royal Scotsman atraviesa el corazón de Escocia, tierra de leyendas y montañas bañadas por niebla.
 
Texto: Rafa Ordóñez - Fotos: The Royal Scotsman / Kan Sakurai
 

Coger las maletas y viajar es algo que desde hace tiempo los humanos venimos haciendo como si de la misma necesidad de respirar o comer se tratara. Pero que viajar es un placer, es una certeza que hemos heredado de los
viajeros apasionados de antaño que se sumergían en la aventura experimental por culturas y países. La Escocia de comienzos del siglo XIX tenía en las Highlands, o Tierras Altas, una parada obligada para la búsqueda romántica que encontró en sus leyendas y sus tradiciones un caldo para el cultivo de sus vivencias.
Paradójicamente, sus habitantes se veían obligados a emigrar y en este cruce se forjan y expanden los iconos culturales y nacionales de Escocia: el whisky, la falda escocesa (llamada kilt), el golf, las leyendas (monstruo del lago Ness incluido), y hasta la gaita que nació en Asia, son elementos indisociables de Escocia.
Con este espíritu romántico, The Royal Scotsman, cruza las tierras escocesas llevando a los pasajeros hacia el corazón de las Tierras Altas en un recorrido por la tradición y la historia, en el que el trayecto es tan placentero o más que las paradas o la llegada al destino final. La única salvedad es que los viajeros que elijen el Scotsman no podrán sentir el desapego de aquellos románticos por lo material, porque el tren y sus coches son el equivalente a un hotel de cinco estrellas en las vías.


El Scotsman recorre los raíles escoceses desde el año 1985, tiempo en el que ha experimentado mejoras para adecuar sus coches al sello de la conocida cadena Orient Express, que imprime la filosofía del mítico tren que unía París con Estambul entre 1883 y 1977. Lujo y exclusividad servida a un máximo de 36 huéspedes en un entorno de evocadora decoración, de estilo eduardiano, que hace de la estancia un viaje atrás en el tiempo.
El tren está compuesto de nueve vagones: cinco coches-cama, dos para el restaurante, uno para el personal y el coche mirador. Los 36 pasajeros se distribuyen en 16 cabinas dobles y cuatro individuales en las que no faltan las comodidades propias de un hotel. Desde sus compartimentos los viajeros pueden disfrutar del paisaje en la intimidad
sin renunciar a los servicios del tren.

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