Una gélida noche de diciembre de 1895, poco más de 30 parisinos fueron testigos de la presentación de un nuevo artefacto mecánico: el cinematógrafo Lumière, capaz de reproducir el movimiento natural en una pantalla. En el sótano del Grand Café del Boulevard des Capucines se celebró la primera función de cine de la historia y la primera aparición de un tren en la gran pantalla. Una locomotora del siglo XIX que llegaba a la estación de Ciotat, mientras los espectadores gritaban asustados convencidos de que aquella máquina se abalanzaba inexorablemente sobre ellos. Ocho años después, Edwin S. Porter avanzó algunas de las bases del lenguaje cinematográfico (los tres actos, la utilización por vez primera del primer plano, el clímax retardado) con el corto El gran robo del tren (1895), una vibrante persecución con el ferrocarril como escenario.

'Metrópolis' y el tren del mañana