Una de las aficiones preferidas de los donostiarras es
pasear. San Sebastián tiene las dimensiones perfectas
para ello. Caminar por el paseo marítimo –de más de
siete kilómetros– es una de las mejores formas de
conocer esta villa a la que el poeta Gabriel Celaya definió como una “ciudad
abierta que todo lo acepta”. El mar es el protagonista de ese recorrido que
transcurre en paralelo a las playas de Zurriola, La Concha y Ondarreta, estaúltima rematada por el emblemático Peine de los Vientos, obra del escultor
vasco Eduardo Chillida, y símbolo en el que se enredan las olas del mar
Cantábrico ofreciendo sonidos e imágenes espectaculares. Con algo más de 180.000 habitantes, la urbe que hoy descubren los
visitantes se asienta en lo que era un pequeño puerto de pescadores amurallado, destruido el 31 de agosto de 1813 a causa
del incendio provocado por las tropas anglo-portuguesas,
que le arrebataron esta plaza al Ejército de Napoleón. Este
suceso permitió reconstruir la ciudad según los gustos
modernistas de finales del siglo XVIII y principios del
XIX. Y fue esa Donostia elegante, de calles equilibradas
y edificios aburguesados, la que eligió para veranear
durante más de dos décadas la reina Isabel II, a la que
el médico había recomendado tomar baños de mar para
tratar la enfermedad cutánea que padecía.
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